lunes, agosto 20, 2012

¿Por qué nos gusta la música que nos gusta?

Me gusta el rock en todos su sabores, me gusta el jazz en todos sus colores, me gusta la música clásica y la contemporánea. No me suele gustar el pop fresquito, no me gusta el reggaeton…¿A tí sí? A mí no. Tus gustos y los mios, afortunadamente no son los mismos. A tí te gusta cierto tipo de música, puedes que seas ecléctico como yo, puedes que seas un talibán que sólo permite un tipo de sonoridad a su alrededor. Puede incluso que seas una persona a la que la música le es completamente indiferente, en cuyo caso dudo mucho que te interese el resto de la entrada…Resumiendo con esa mítica frase que tanto uso y de la que tanto abuso…cada unos con sus cadaunadas, en versión orteguiana…que viene siendo eso más popular de pa gustos colores y pa olores las flores. En El contexto y la música que te gusta se trató de reflejar cómo los parámetros exteriores socioculturales, la personalidad y demás factores pueden conformar el universo musical del que disfrutas. En este caso, lo que se va a analizar es la música en sí, qué parámatros, qué factores caracterizan a la música y cómo eso influye en los gustos. ¿Dispuest@ a sorprenderte? ¿Consonacia o Disonancia? En la música, el concepto de consonancia y disonancia ha ido variando a lo largo de los años, porque no dejan de ser conceptos subjetivos que dependen de las reglas y cánones que rigen la composición musical de cada época. En cualquier caso, todos tenemos una idea innata de qué música nos parece consonante o disonante o en que combinación ambos parámetros se mezclan. Dejando a un lado las explicaciones matemáticas y fisiológicas, para el pueblo llano se supone que consonantes son los sonidos que se perciben distendidos, mientras los disonantes provocan cierta tensión al escucharlos. Estadísticamente se muestra una mayor preferencia por la consonancia que por la disonancia. La percepción de la disonancia llega más tarde en la vida, y la gente difiere respecto al grado en que la puede soportar. La música electroacústica puede ser ruido infernal para algunos, y Schönberg el diablo. En cambio Mozart es apto hasta para los bebés. Lo que a unos les parece soso, a otros una auténtica maravilla del genio humano libre, curioso y valiente. Esto probablemente tenga una base neuronal. Los intervalos consonantes y disonantes se procesan en el córtex auditivo a través de mecanismos diferenciados. Parece ser que las neuronas del córtex auditivo primario, el primel nivel de procesamiento cortical para el sonido, sincronizan sus índices de activación durante acordes disonantes, pero no durante los consonantes. Pero no está claro porqué eso tiene que crear una preferencia por la consonancia. Nuestros cerebros y las escalas musicales que utilizamos parecen haber coevolucionado. No es ningún accidente el que tengamos esa curiosa disposición asimétrica de notas en la escala mayor: es más fácil aprender melodías con esa ordenación, que es una consecuencia de la física de la producción del sonido a través de las series de armónicos; el conjunto de tonos que utilizamos en nuestra escala mayor está muy próximo en altura a los que forman las series de armónicos. Periodos críticos de aprendizaje y Neuroplasticidad Sabemos que hay períodos críticos para la adquisición de nuevas habilidades. Por ejemplo el lenguaje, si el niño a los 6 años no ha aprendido el idioma, nunca aprenderá a hablar con la facilidad que caracteriza a la mayoría de los nativos de dicho idioma. Con la música y con las matemáticas el margen es más amplio, pero no ilimitado. Si un estudiante no ha recibido lecciones de música o matemáticas antes de los 20 años, aún puede aprender esas materias, pero con gran dificultad, y probablemente nunca llegará a hablar estos lenguajes como las personas que lo hayan aprendido antes. Esto es debido a la trayectoria biológica del crecimiento sináptico. Las sinapsis del cerebro están programadas para crecer durante un número de años, haciendo nuevas conexiones. Después de ese período, hay un cambio hacia la poda, para librarse de conexiones innecesarias. Eso es la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para reorganizarse. Los niños y adolescentes tienen una capacidad neuroplástica mucho mayor. Por supuesto hay diferencias individuales, pero la poda se inicia generalmente entre los ocho y los catorce años en los lóbulos frontales, que es la sede del pensamiento superior y el razonamiento, la planificación y el control del impulso. Durante este período aumenta la mielinación. La mielina es la substancia grasa que cubre los axones, acelerando la transmisión sináptica. La mielina de todo cerebro se completa generalmente en torno a los 20 años. ¿Simple o complejo? El equilibrio entre simplicidad y complejidad en la música también influye en nuestras preferencias. Existe una relación metódica entre la complejidad de una obra artística y lo que nos gusta. Por supuesto que complejidad es un concepto subjetivo. Lo que a una persona le parece aburrido y de una simplicidad odiosa, a otra podría parecerle fácil de entender, debido a diferencias de formación, experiencia, interpretación y esquemas cognitivos. Los esquemas lo son todo, estructuran nuestra comprensión; son el sistema en el que emplazamos los elementos y las interpretaciones de un objeto estético. Los esquemas alimentan nuestras expectativas y nuestros modelos cognitivos. Con un esquema la Quinta de Mahler es perfectamente interpretable, incluso aunque se oiga por primera vez: es una sinfonía, sigue la forma sinfónica con cuatro movimientos; contiene un tema principal y subtemas, y repeticiones del tema; los temas se manifiestan a través de instrumentos orquestales. Los que conozcan la Cuarta de Mahler se darán cuenta de que la Quinta se inicia con una variación del mismo tema e incluso en el mismo tono. Los que tengan formación musical se darán cuenta de que la mayoría de las sinfonías desde Haydn a Brahms y Bruckner empiezan y acaban característicamente con la misma nota, aunque Mahler prescindiera de esa convención en su Quinta Sinfonía. Si no hubieses aprendido a mantener en tu mente un sentido de tonalidad mientras se desarrolla la sinfonía, o si no tuvieses un sentido de la trayectoria normal de una sinfonía, esto carecería de sentido; pero para el oyente experimentado, ese desacato a la convención aporta una sorpresa grata, una violación de expectativas, especialmente cuando esos cambios de tonalidad se hacen con la habilidad precisa para que no resulten estridentes. La Quinta de Mahler, al carecer de un esquema sinfónico apropiado, o si el oyente posee otro esquema (por ejemplo un aficionado a ragas indias), es absurda y a la vez divagatoria, una idea musical se funde en ella con la siguiente de un modo amorfo, sin ninguna frontera, sin principios ni fines que la hagan parte de un todo coherente. El esquema enmarca nuestra percepción, nuestro procesamiento cognitivo y en último término nuestra experiencia de la realidad. Cuando una pieza musical es demasiado simple tiende a no gustarnos, nos parece trivial. Cuando es demasiado compleja, tiende también a no gustarnos, nos parece imprevisible: no percibimos que esté asentada en algo familiar. La música, como toda forma artística en realidad, tiene que lograr para que nos guste el equilibrio justo entre sencillez y complejidad. Ambas se relacionan con la familiaridad, que es una palabra equivalente a esquema. Una pieza nos parece demasiado simple cuando es tan previsible que resulta trivial, parecido a algo que hemos oído antes y que no nos plantea el menor reto. Mientras la música va sonando el cerebro va pensando por delante cuáles son las diferentes posibilidades para la nota siguiente, hacia dónde va la música. El compositor tiene que conseguir emplazarnos en un estado de confianza y seguridad, tiene que darnos las suficientes recompensas (culminaciones de expectativas) para que tengamos una sensación de orden y una sensación de ubicación. Las reacciones a lo no previsible son diferentes en cada persona, algunos pueden entrar en pánico y otro en pura exitación por la emocionante aventura que tienen delante. Cuando la música es demasiado complicada, el individuo medio no tiene paciencia para aprenderla, demasiadas opciones para tomarlas en consideración. La música que contiene demasiados cambios de acordes, o una estructura con la que los oyentes no estén familiarizados, puede conducir directamente al botón de stop. Y esto puede suceder con estilos tan dispares como el jazz o el math metal. La estructura ofrece una curva de aprendizaje empinada y el neófito no tiene muy claro si el tiempo que tiene que invertir le va a merecer la pena. Nos decimos que si lo escuchamos el número suficiente de veces, podremos empezar a entenderlo y nos gustará tanto como les gusta a nuestros amigos. Pero eso no siempre sucede. Escuchar nuevas músicas…¿pereza o desafío? Intentar apreciar nueva música puede ser como considerar una nueva amistad, teniendo en cuenta que lleva tiempo y que a veces no hay nada que puedas hacer para acelerar el asunto. A nivel neuronal tenemos que encontrar unos cuantos hitos que nos permitan evocar un esquema cognitivo. Si oímos una pieza radicalmente nueva el suficiente número de veces, parte de esa pieza acabará codificada en el cerebro y formaremos hitos. Si no lo has hecho nunca, el trabajo puede ser titánico, si lo has ejercido a lo largo de tu vida, resultará un entretenimiento ameno, divertido y enriquecedor. El procesamiento estructural plantea dificultades al apreciar una nueva pieza musical. No entender la forma sinfónica o la forma de sonata, o la estructura AABA (verso-verso-coro-verso) de una pauta de jazz es el equivalente en escuchar música a conducir por una autopista sin señales de tráfico; no sabes donde estás, ni cuando llegarás. De nuevo entras en pánico o la aventura te envuelve. La relación ordenada entre complejidad y gusto se denomina la función U (o V) invertida, por la forma que tendría en un gráfico que relacionase estos dos factores. El eje X representaría lo complejo que es la música para tí y el eje Y lo que te gusta. En la parte inferior izquierda, cerca del origen de coordenadas habría un punto para la música que es muy simple y tu reacción es que no te gusta. Al aumentar la complejidad de la música aumenta también el placer que te causa, las dos variables se van siguiendo un rato hasta que cruzas un cierto umbral personal y pasas del desagrado intenso a que empiece a gustarte un poco. Pero llega un momento en que al seguir aumentando la dificultad, la música se hace demasiado compleja y empieza a gustarte menos, el gusto va disminuyendo hasta que cruzas otro umbral y esa música ya no te gusta en absoluto. Otros parámetros que también influyen La hipótesis de la U invertida no significa que la única razón por la que puede o no gustarte una pieza sea por su complejidad o sencillez, lo que pretende es explicar esa variable. Los propios elementos de la música pueden suponer una barrera que impida apreciar una nueva pieza. Si la música es demasiado fuerte o suave puede resultar problemático, incluso el registro dinámico (la disparidad entre las partes del sonido más fuerte y más suave) puede hacer que algunas personas la rechacen. Esto sucede sobre todo con los que usamos la música para regular nuestro estado de ánimo de una forma específica. El que quiera escuchar música para relajarse o para estimularse es probable que no quiera escuchar un tipo de música que recorra toda la gama de intensidades. Tanto el registro dinámico como el emocional resultan sencillamente demasiado amplios y pueden crear una barrera que bloquee el acceso. No te pones la misma música para hacer ejercicio que para leer una tarde lluviosa de otoño. El tono puede influir también en la preferencia. Algunas personas no pueden soportar los tiempos graves y golpeteantes del moderno hip-hop, otros no soportan lo que describen como el quejido agudo de los violines. Los gritos desgañitados de muchos grupo de metal extremo generan ansiedad y profundo desagrado en cierto tipo de gente, mientras que en otras genera una fuerza interior poderosa y rabiosa que puede mover montañas…Esto puede tener una componente fisiológica; algunos oídos pueden literalmente transmitir partes distintas del espectro de frecuencias que otros, y como resultado algunos sonidos parecen agradables y otros odiosos. Puede haber incluso asociaciones psicológicas positivas y negativas con los diversos instrumentos. El ritmo y las pautas rítmicas influyen en nuestra capacidad para apreciar una composición o un género musical determinado. El timbre es otra barrera para muchas personas. La música sublima lo humano Por supuesto, nuestras preferencias musicales están condicionadas también por la experiencia y el resultado de dicha experiencia, positivo o negativo. Los tipos de sonidos, ritmos y texturas musicales que nos resultan agradables son en general ampliaciones de experiencias positivas previas que hemos tenido con la música a lo largo de la vida. La experiencia sensorial nos causa placer y su familiaridad y la seguridad que esa familiaridad nos aporta nos resultan gratas. La seguridad juega en muchos casos un papel en la elección de la música. Nos entregamos en cierta medida a la música cuando la escuchamos: y nos permitimos confiar a los compositores y a los músicos una parte de nuestros corazones y de nuestro espíritu; dejamos que la música nos lleva a algún lugar situado fuera de nosotros mismos. Muchos sentimos que la buena música nos conecta con algo mayor que nuestra propia existencia, o con otras personas. Incluso cuando la buena música no nos transporta a un lugar emocional trascendente, puede cambiar nuestro estado de ánimo. Es comprensible pues, que podamos mostrarnos reacios a bajar la guardia, a prescindir de nuestras defensas emotivas, con cualquiera. Lo haremos si los músicos y el compositor nos hace sentirnos seguros. El poder del arte consiste en que puede conectarnos entre nosotros, y con verdades más amplias sobre lo que significa estar vivo y lo que significa ser humano. Las conexiones con el artista o con lo que el artista representa pueden formar parte de nuestras preferencias musicales. La música para mí es la mejor de las drogas. Es la que mejor y más lejos te lleva, es la que me hace sentir más intenso, más profundo, más fuerte. Te montas en ella y te sientes libre de todo tipo de ataduras físicas porque la ensoñación que produce lo ocupa todo. Por unos minutos te olvidas de todo y de todos, mientras que al mismo tiempo formas parte de todo y de todos. Por eso me gusta. No concibo un día de mi vida sin música. Fuente: Internauta sin Pausa

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