miércoles, mayo 20, 2009

Ese duende que nos habla.

La música es una de las creaciones más abstractas del hombre. Es un lenguaje que responde a sus propios códigos. En nuestra apresurada vida la música se ha convertido en acompañante omnipresente y, por esa misma razón, desconocida.
Por: Raúl Abzueta.
Para muchos es algo que suena mientras hacemos otra cosa, una suerte de murmullo que nos acompaña mientras manejamos, cocinamos, trabajamos, conversamos. Ese es el rol que nuestra sociedad le ha otorgado.
Por razones personales hay quienes desarrollan un contacto más estrecho y consciente, han devenido melómanos. Han desarrollado la habilidad de escuchar, de oír lo que la música dice y pueden hablar de melodía, ritmo, armonía, timbre, color, estructura, forma, instrumentación, y toda esa gama de sutileza que el arte ofrece a sus iniciados. Esto toma tiempo y dedicación pero, siendo el camino más largo, es el más correcto para llegar al alma de los músicos.
Todo comienza tras entender que esa masa sonora es susceptible a ser descompuesta, matizada, entendida, analizada. Que la buena música siempre ofrece una nueva mirada y que mientras más atentamente la escuchamos más nos enriquece. Por eso mismo nos gusta una obra más que otra, deseamos escuchar diferente música dependiendo de nuestro estado de ánimo y tenemos nuestros amores y desamores con esta cantante o aquel grupo o solista.
La música popular venezolana es variada (hay mucha) y compleja (tanto para ejecutarla como para escucharla) y esto ha atentado históricamente contra su difusión. En diversos momentos se ha escogido un género específico como punta de lanza de algún proyecto, pero el ámbito global de nuestra herencia musical sigue siendo un campo desconocido para la mayoría.
Sólo para explicarles a qué me refiero, estableceré unas líneas de aproximación:
1.-La música de nuestros indígenas, con su variedad de cantos y su música ritual.

2.-La música afro-venezolana, con sus diferentes expresiones devocionales, sus cantos a capella, sus toques de tambor, sus cantos de Velorio de Cruz y todas sus variantes regionales.

3.-La música de tradición hispano-morisca, formas que guardan una relación directa con géneros ya desaparecidos en Europa: los cantos de los hombres de mar, el polo, el galerón, la malagueña, el punto de navegante, la fulía, las diversiones pascuales, los tonos de velorio llaneros, la música de cuerdas pulsadas derivada de la vihuela y la guitarra renacentista y de la tradición de las danzas de salón europeas.

4.-El Joropo, término que engloba a la fiesta y a la música y que por su fuerza rítmica, y la particularidad de su canto, ha sido uno de los géneros más difundidos. Tenemos joropos en todo el país, Llanero, Tuyero, Oriental, Guayanés; cada uno tocado de manera diferente y con instrumentos que los caracterizan.

5.-La polifonía popular: la música del estado Lara, la Canción de Serenata, los Golpes, el Tamunangue, los cantos de la Serranía de Coro y de Yaracuy.

6.-El Merengue Caraqueño, curiosidad musicológica que sólo existe en Venezuela, con sus grupos cañoneros y sus mabiles; y toda la tradición del merengue instrumental que se ha tocado en nuestras ciudades durante los últimos 25 años.

7.-El Calipso, que revela nuestro carácter caribeño y antillano.

8.-La música navideña: aguinaldos, villancicos, gaitas, parrandas, diversiones.

9.-La tradición de los cantantes.

10.-El movimiento de la música popular instrumental.

¿Qué nos dice esta música acerca del género interno de nuestro gentilicio? Nos habla de un país que se mueve a una velocidad distinta y con una identidad particular, nos dice que somos a la vez y a un tiempo elegantes, melancólicos, dulces, vitales, fuertes, graciosos, ocurrentes, complejos, originales, virtuosos (la música venezolana es de una dificultad técnica sorprendente) y toda una gama de adjetivos que no solemos colocar al lado de lo venezolano.
Escucharla con detenimiento nos permite conocer a un país remoto para algunos, más familiar para otros, quizás asociados a la infancia y lo rural. Hablamos de un tempo, un carácter, una intención, una fortaleza que casi creemos que no existe básicamente porque no hemos tenido contacto con ella.

Por: Raúl Abzueta.
El Mundo, 19-05-2009.

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