lunes, agosto 14, 2006

Caracas y su música (III)

Alberto Naranjo, El Mundo, 9-08-2006

 

Del magisterio de Vicente Emilio Sojo, como forjador de la llamada Escuela Nacionalista (o Escuela de Santa Capilla), surgió una promoción integrada por Evencio Castellanos, Antonio Estévez y Ángel Sauce, seguidos en promociones sucesivas por José Antonio Abreu, Modesta Bor, Inocente Carreño, Primo Casale, Gonzalo Castellanos, Maria Luisa Escobar, Antonio Lauro, José Clemente Laya, entre otras personalidades. Al tiempo que Sojo lideró esta escuela nacionalista, otras relevantes figuras brindaron un significativo aporte en el ámbito creativo y la docencia musical, a saber José Antonio Calcaño, Miguel Ángel Calcaño, Prudencio Esaa, Juan Bautista Plaza y Juan Vicente Lecuna. Luego surgieron prestigiosos creadores dentro del campo de la vanguardia como Isabel Aretz, Rházes Hernández López, Alfredo Del Mónaco, Alberto Grau y, más recientemente, Diana Arismendi, Emilio Mendoza, Juan Carlos Núñez, Federico Ruiz Alfredo Rugeles y Ricardo Teruel.

No obstante, como apuntáramos antes, el proceso de desarrollo y consolidación de la clase media como factor de balance cultural de la sociedad venezolana se mantuvo rezagado hasta 1920, durante la ya citada Era del Petróleo. Fue a partir de allí, y durante la década de los treinta, cuando se concretó la estructura que proporcionaría la primera expresión original de música académica en el ámbito local. De cualquier manera, el eslabón cultural se mantuvo en sintonía con Europa, con muy poca o ninguna correspondencia con la cultura popular o la expresión folklórica, salvo honrosas excepciones, lo que motivó la preocupación de un intelectual como José Antonio Calcaño.

En su obra Contribución al estudio de la Música en Venezuela, publicada en 1939, Calcaño nos señala que “una mirada global a la historia de nuestra música en comparación con la música europea revela desde el primer momento, la ausencia en Venezuela de estilos o etapas que aparecieron en España”, agregando que “la cultura de América presenta el mismo carácter que nos muestra la historia musical de Venezuela: hay eslabones ausentes”…; en consecuencia,…”si Europa inventa la poesía simbolista, América poetas simbolistas; si Europa inventa la pintura impresionista, América pintores impresionistas; y como Europa no tiene hoy un estilo musical definido, nosotros tampoco lo tenemos”… Este polémico y a la vez trágico balance de Calcaño, dejando entrever las ausencias y el estado de la simple imitación, concluye señalando que lo antes indicado…”es indicio inequívoco de la falta de una cultura propia”… Claro, cuando Calcaño se refiere a éste déficit cultural alude a la música académica, aunque por respeto a su bien pensado y profundo análisis, nos tomamos la libertad de leer entre líneas que su señalamiento afecta igualmente a toda la sociedad.

Cualquier proceso de transculturización, bien empleado, conduce a la fecundación de una sólida expresión vernácula que pueda ser aceptada por propios y extraños. La amalgama de la música erudita europea con los patrimonios culturales del Nuevo Mundo cuentan (sic) con notorios ejemplos. Tomemos como base la obra de compositores del Continente Americano que, partiendo de una disciplina académica europea, trabajaron en función de sus raíces de origen: Copland, Gershwin, Ginastera, Piazolla, Revueltas, Roldán, Villa-Lobos, por sólo citar unos pocos, dijeron PRESENTE, en mayúsculas. Hace rato ya que sus músicas andan paseando alrededor del mundo sin ningún tipo de visa o alcabala.

 

Continuará…

 

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